Los colores, en nuestra vida cotidiana, son elementos tan comunes que rara vez reflexionamos sobre su complejidad científica. Sin embargo, la manera en que el cerebro humano organiza las sensaciones de color ha sido objeto de análisis y debate por más de un siglo, congregando a físicos, matemáticos y expertos en percepción visual. Desde las aportaciones de Isaac Newton hasta los complejos modelos matemáticos del siglo XX, la pregunta central persiste: ¿cómo se estructuran los colores en la percepción humana? En 1920, el físico Erwin Schrödinger presentó una teoría geométrica innovadora que buscaba responder a esta inquietud, planteando que la relación entre los tres atributos fundamentales del color —tono, saturación y luminosidad— podría explicarse en un espacio matemático.
Basándose en el hecho de que el ojo humano contiene tres tipos de células sensibles a distintas longitudes de onda, conocidas como conos, se ha establecido que el color puede representarse en un sistema tridimensional. En este modelo conceptual, cada color está posicionado en un espacio geométrico donde la distancia entre ellos refleja cuán similares o diferentes son para el observador. Durante el siglo XX, este enfoque fue adoptado por diversos investigadores, permitiendo el desarrollo de herramientas matemáticas para explorar la percepción del color. Recientemente, un estudio ha revisado y ampliado este marco, resaltando que el fenómeno del color es, ante todo, una cuestión perceptiva.
La propuesta original de Schrödinger, al publicar su teoría del color, pretendía describir de manera matemática cómo se organizan las sensaciones cromáticas, evitando suposiciones externas. En su marco teórico, concebía el espacio del color como una estructura geométrica, anclada en un eje neutro que iba del negro al blanco. Según esta estructura, el tono se determinaba por la dirección de un color respecto a este eje, la saturación se vinculaba a la distancia desde el mismo, y la luminosidad dependía de la intensidad de la luz que se percibía. La influencia de esta formulación fue significativa a lo largo de las décadas, convirtiéndose en una referencia en la ciencia del color, aunque no sin enfrentar ciertas contradicciones con la evidencia experimental.
Uno de los principales problemas con la teoría de Schrödinger radica en la discrepancia entre sus postulados y los resultados de varios estudios sobre percepción del color. Fenómenos como el efecto Bezold-Brücke, donde un color parece cambiar de tono en función de su intensidad luminosa, contradicen su suposición de que las variaciones en intensidad no alteran el tono percibido. Además, la percepción de diferencias cromáticas presenta un fenómeno de rendimientos decrecientes, lo que impide que algunos aspectos de la teoría original se mantengan firmes frente a nuevas evidencias. Este contexto ha llevado a los investigadores a cuestionar y redefinir ciertos conceptos dentro del modelo de Schrödinger.
Un estudio reciente aborda estas preocupaciones a través de un enfoque más general, utilizando un espacio perceptivo no riemanniano que mejora la descripción de cómo se perciben realmente las diferencias cromáticas. La nueva formulación permite redefinir el eje neutro y establece relaciones más precisas entre los atributos de tono, saturación y luminosidad. Los experimentos realizados con observadores han corroborado que los caminos óptimos en este nuevo modelo se alinean con la manera en que los sujetos comparan colores. Este progreso, aunque no cierra por completo el debate sobre la percepción del color, representa un avance significativo en la comprensión de este fenómeno, manteniendo vigente la visión de Helmholtz sobre la percepción cromática dentro de una estructura geométrica moderna.

