Presencias de seres queridos fallecidos: ¿Por qué sentimos su cerca?

La percepción de seres queridos fallecidos durante el duelo ha sido tema de estudio en la psicología contemporánea y, recientemente, un artículo publicado en la revista «Mortality» ha expuesto la prevalencia de estas experiencias. Este fenómeno, denominado como experiencias sensoriales y cuasisensoriales del fallecido (SED), afecta entre el 50 y 60 por ciento de quienes atraviesan la pérdida de un ser querido. De acuerdo con las conclusiones de Pablo Sabucedo y sus colegas, estas percepciones no se catalogan necesariamente como alucinaciones, dado que suelen ser reconfortantes y reflejan la complejidad de los vínculos que se mantienen más allá de la muerte. La investigación destaca que, a pesar de la aceptación del fallecimiento, es común sentir la presencia del difunto.

El estigma asociado a la noción de alucinación puede llevar a minimizar la experiencia de quienes sienten a sus seres queridos cerca. En un estudio de 1971, se encontró que más de la mitad de los entrevistados expresó haber tenido percepciones vinculadas a sus parejas fallecidas, muchas de las cuales fueron valoradas como positivas y beneficiosas para el proceso de duelo. Esto refleja que estas experiencias perceptivas no son indicativas de trastornos mentales, sino más bien una respuesta normal a la pérdida y al vacío dejado en la vida cotidiana. Así, se plantea la necesidad de discutir y normalizar estas vivencias para evitar el estigma que a menudo las acompaña.

Una de las teorías más fascinantes sobre por qué ocurren estas experiencias se basa en el procesamiento predictivo del cerebro. Los investigadores sostienen que nuestro sistema perceptivo no es una simple cámara, sino un intérprete que combina experiencias pasadas con señales presentes para construir nuestra percepción actual. Así, al experimentar una sensación ambigua, como el sonido de una llave en la cerradura, el cerebro puede evocar la figura de un ser querido que ya no está, adaptando la percepción a patrones previamente aprendidos. Este modelo sugiere que las conexiones emocionales y cognitivas construidas durante años influyen en la forma en que interpretamos los estímulos después de la pérdida.

A pesar de que la ciencia aún no ha proporcionado una prueba concluyente de que estas experiencias sean el resultado de un reconocimiento consciente de un fallecido, el estudio de las SED abre nuevas vías de investigación sobre cómo el cuerpo y la mente se adaptan a la ausencia de un ser querido. Se ha documentado que procesos como el duelo no solo afectan nuestra mentalidad, sino también nuestra percepción corporal, con muchos afligidos reportando una disminución en la conexión con su propio cuerpo. Esto sugiere que el duelo va más allá de la tristeza mental y se mide también en la manera en que vivimos físicamente las pérdidas.

El impacto de las experiencias sensoriales y cuasisensoriales del fallecido nos lleva a cuestionar la narrativa convencional de la muerte y el duelo. La investigación sugiere que la relación con un ser querido no se limita únicamente a los momentos compartidos en vida, sino que continúa moldeando nuestra realidad cotidiana a través de recuerdos y expectativas. Incluso tras años de pérdida, la percepción de su cercanía puede persistir. Este fenómeno invita a reflexionar sobre la naturaleza de las relaciones humanas y cómo, al sentir la presencia de aquellos que han fallecido, seguimos llevando a nuestros muertos con nosotros, reconfigurando nuestro mundo interno y nuestras interacciones diarias.