Hidrógeno: ¿Puede la infraestructura antigua soportar esta revolución energética?

En la actualidad, la transición energética hacia fuentes más limpias plantea un desafío crucial en la infraestructura existente destinada a la transmisión de gases. Imaginemos un gasoducto que ha transportado gas natural de manera eficiente durante décadas. Aunque el acero parece intacto, y la traza está enterrada sin aparentes problemas, el deseo de reutilizarlo para transportar hidrógeno es tentador. Sin embargo, una evaluación exhaustiva podría revelar graves riesgos ocultos en componentes tan pequeños como las juntas o soldaduras. Estos son los eslabones débiles de una cadena que, aunque visualmente sólida, puede fracasar en cualquier punto crítico. El hidrógeno, con su molécula especialmente diminuta, exige una meticulosidad extrema en su manejo, pues podría filtrarse por cada microrresquicio si no se tienen en cuenta las propiedades únicas de este gas.

La concepción de que el hidrógeno simplemente corroe todos los metales es una generalización engañosa. En realidad, el problema se centra en cómo el hidrógeno atómico puede infiltrarse en ciertos aceros, afectando su ductilidad y provocando la formación de grietas por fatiga. Esta fragilización por hidrógeno es un fenómeno complejo que depende de factores específicos como el tipo de acero, la microestructura de los materiales y las condiciones operativas. Investigaciones realizadas por el NIST y la PHMSA han demostrado que la resistencia del acero al hidrógeno no es una cuestión simple de sí o no, sino que requiere un análisis detallado de múltiples aspectos relacionados al material y su historia de uso. Por tanto, la integración del hidrógeno en infraestructuras existentes demanda un enfoque ingenieril riguroso.

La permeación del hidrógeno es otro riesgo a considerar. La diminuta tamaño de la molécula del hidrógeno facilita fugas a través de juntas y válvulas diseñadas para el gas natural, lo que pone de manifiesto la necesidad de verificar exhaustivamente esos componentes. No se puede determinar la seguridad de una tubería solo a través de una inspección del acero; hay que revisar cuidadosamente cada punto de conexión y cada válvula para asegurar que no haya escape de este gas volátil. Este enfoque más holístico sobre el estado de los sistemas existentes es esencial para evitar incidentes potencialmente peligrosos.

A medida que el mundo avanza en la producción de hidrógeno, los números revelan tanto la experiencia acumulada como los retos que aún persisten. La demanda global de hidrógeno superó los 100 millones de toneladas en 2025, un crecimiento que, a pesar de ser significativo, aún representa solo un pequeño porcentaje de la producción total. Con 3 millones de millas de red de gas natural frente a apenas 1.600 millas de tubería dedicada al hidrógeno en Estados Unidos, queda claro que la infraestructura existente no es automáticamente apta para un gas diferente. Las experiencias previas no garantizan éxito ni viabilidad en un contexto que cambia rápidamente, lo que exige una reevaluación cuidadosa de cada componente antes de proceder a una conversión masiva.

Finalmente, la paradoja del hidrógeno no se encuentra únicamente en el estado de las tuberías, sino en la producción misma de este gas. A medida que la industria busca aumentar la producción, la disponibilidad de metales críticos para los electrolizadores, como el níquel y el iridio, se convierte en un factor limitante. El escaso suministro de estos metales subraya la importancia de una planificación meticulosa no solo en la infraestructura de transporte, sino también en la cadena de suministro de los recursos necesarios para su generación. De cara a la transición hacia un futuro más sostenible, es fundamental no solo aprovechar la infraestructura existente, sino también realizar un diagnóstico exhaustivo a nivel de cada componente para garantizar que la transición hacia el hidrógeno sea viable y segura.