El efecto Matilda, un término acuñado por la historiadora Margaret W. Rossiter en 1993, ha expuesto una dura realidad dentro del mundo científico: la invisibilización sistemática de las mujeres científicas y sus logros, en favor de sus colegas varones. Inspirado en el nombre de la sufragista y abolicionista del siglo XIX, Matilda Joslyn, este fenómeno revela cómo las contribuciones de mujeres talentosas a lo largo de la historia han sido oscurecidas. A pesar de sus evidentes méritos, muchas de estas pioneras han sido ignoradas, relegadas a un segundo plano en las narrativas históricas, lo que genera un impacto negativo en su reconocimiento y legado.
Robert K. Merton, en los años sesenta, fundamentó el análisis del impacto del éxito y el reconocimiento en la ciencia con su concepto de «efecto Mateo», que sostiene que el reconocimiento se distribuye de manera desigual, favoreciendo a los más visibles. Las mujeres en el ámbito científico han sido víctimas de este prejuicio, ya que sus logros no solo han sido minimizados, sino que muchas veces han sido atribuidos erróneamente a hombres de su entorno, alimentando una narrativa donde ellas se quedan con las migajas del reconocimiento. Esto no solo es una pérdida individual para las científicas, sino un golpe al progreso colectivo de la ciencia.
Matilda Joslyn, en su ensayo «Woman as an Inventor» de 1883, aborda esta problemática al mencionar la invisibilidad de las contribuciones femeninas a la invención y al progreso tecnológico. Ella no se amedrentó ante la opinión generalizada de que las mujeres carecían de ingenio en mecánica, un prejuicio que alimentó su exclusión de listados de inventores. Joslyn reitera cómo la historia revela que las mujeres han sido pioneras desde épocas prehistóricas hasta la Revolución Industrial, donde sus nombres, como los de Catherine Littlefield o Louise McLaughlin, han sido tristemente olvidados, a pesar de sus brillantes inventos.
Un ejemplo emblemático de este efecto es Rosalind Franklin, cuya fotografía 51 fue esencial para entender la estructura del ADN. A pesar de su considerable trabajo, Franklin no fue reconocida en la entrega del Premio Nobel de Medicina que se le otorgó a Watson y Crick seis años después de su muerte. Esta omisión no solo refleja el ninguneo que sufren las mujeres en el ámbito científico, sino la necesidad apremiante de reconocer y visibilizar sus aportaciones, especialmente en tiempos donde el avance de la igualdad de género parece estar en retroceso nuevamente.
Las voces que cuestionan el reconocimiento limitado de las mujeres en la ciencia se hacen más fuertes en la actualidad. Autoras como Iris Montero Muñoz, en su obra «No está mal, para ser mujeres», buscan rescatar del olvido a estas científicas que, con sus logros, han contribuido significativamente al avance del conocimiento. En la era actual, es esencial no solo recordar a quienes llegaron primero a la meta, sino también luchar por la igualdad de reconocimiento y oportunidades en un campo que continúa padeciendo de desigualdades generacionales. En este contexto, la reivindicación de figuras como Matilda Joslyn cobra más relevancia que nunca.

