La idea del “cerebro triuno”, que propone que el encéfalo humano está compuesto por tres cerebros que evolucionaron sucesivamente, es un neuromito que ha perdurado en el ámbito educativo y se ha colado incluso en estrategias de neuromarketing. Este concepto, popularizado por el neurocientífico Paul D. MacLean en la década de los 60, ha sido abrazado ampliamente por educadores, quienes lo emplean para justificar métodos de enseñanza. Sin embargo, la creciente evidencia científica pone en duda la validez de tales afirmaciones, revelando un abismo entre la popularidad de estas ideas y la realidad del funcionamiento cerebral.
MacLean argumentó que el cerebro reptiliano, considerado la parte más primitiva, se encargaba de las funciones más básicas de supervivencia, mientras que el sistema límbico se asocia con las emociones y la interacción social, y la neocorteza con las habilidades cognitivas superiores. Sin embargo, esta visión jerárquica ha sido desmantelada por investigaciones recientes que demuestran que todas las estructuras cerebrales están presentes en los vertebrados y no hay una adición de capas evolutivas como él propuso. La jerarquía que MacLean planteó se contradice con evidencias de que estas estructuras han coexistido y evolucionado de maneras más complejas.
Uno de los aspectos más relevantes en la crítica al cerebro triuno es que representa una interpretación errónea de la evolución cerebral. Las divisiones que MacLean mencionó no son exclusivas de los mamíferos y, de hecho, se han encontrado homólogos en muchas otras especies como los reptiles. Investigaciones filogenéticas informan que la corteza cerebral ya existía antes de la separación de los grupos vertebrados, por lo tanto, no se puede considerar una estructura posterior en la evolución. Estas evidencias han llevado a la conclusión de que la simplicidad de la jerarquía cerebral triuno no refleja la complejidad de las realidades evolutivas.
El comportamiento de los reptiles, que MacLean atribuía a las emociones complejas de los mamíferos, también hace eco de las falencias de su teoría. Estudios recientes han demostrado que animales como los reptiles poseen habilidades complejas en su comportamiento, así como también un sistema nervioso equipado para manejar interacciones sociales. Además, investigaciones con pulpos, que carecen de neocórtex, muestran habilidades cognitivas detalladas, como el uso de herramientas, exponiendo aún más la limitada visión ofrecida por la teoría de MacLean sobre la relación entre la estructura cerebral y el comportamiento.
La ciencia contemporánea presenta un cuadro certero de que las emociones y la razón no se comportan como contendientes en el cerebro, sino que están interconectadas a través de múltiples áreas que trabajan de manera conjunta. Esta comprensión de la interconexión sobrepasa la noción de un cerebro multicapa, invitando a una reevaluación de cómo se estructuran y entienden los procesos mentales. La obra de MacLean, aunque en su momento fue revolucionaria, debe ser reconsiderada a la luz del rápido avance en la neurociencia, reafirmando la importancia de fundamentar nuestras enseñanzas y creencias en la ciencia moderna.

